Vegetación espontánea en nuestras ciudades

Las ciudades esconden tesoros vivos, joyas ocultas a la vista del ciudadano que pasea ensimismado en sus pensamientos.

Nos acostumbramos a ver aquello que conocemos, aquello que nos muestran, lo general, lo que creemos de interés y que por tanto se establece en nuestra mente. Tal vez no hayamos mirado más cerca, prestando la atención necesaria, haciendo un zoom en ese balcón abandonado, en esa grieta que recorre el hormigón quebrándolo, en esa húmeda fachada, en esa antigua canaleta medio rota o en esas tejas descoloridas por el paso de los años. Me refiero a esos espacios alejados del interés de la mayoría de las personas, susceptibles de albergar nueva vida, vida inesperada sin intervención directa del ser humano.

Manchas de micro-selvas crecen en nuestras ciudades y están ahí esperando a ser descubiertas. Especies salvajes que se muestran ocupando aquellos espacios que les son, a duras penas, favorables. Comúnmente se les llama “malas hierbas” y sin embargo poseen numerosos efectos beneficiosos, tales como son la depuración del aire, la atracción de insectos polinizadores, el almacenamiento y la asimilación de tóxicos, además de la posibilidad de usarse para controlar la erosión de los suelos, reducir la escorrentía, en la alimentación y para usos medicinales, sin olvidar su valor estético.

Sería bueno que alejáramos ese sentimiento de plantas molestas, pensando que éstas sólo buscan abrirse de nuevo camino y devolver el verde que la ciudad les robó.

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